lunes, 1 de julio de 2024

LA TRISTEZA QUE ME ACOMPAÑA

 

06:00 a.m. Hoy es uno de esos días en los que no quiero despertar. Me acurruco nuevamente en la cama y aunque deseo volver a dormir, mi mente no hace silencio y simplemente me quedo allí, con mi ánimo a niveles realmente bajos. No quiero salir de mi habitación y mucho menos enfrentar el mundo. Me rehúso. Hoy vuelvo a tener un día difícil, la tristeza que me acoge no es abrumadora, sin embargo, no la puedo ignorar. Continuar con mi rutina va a costar un poco más que otros días.

Alrededor de una hora, después que en mi cabeza se haya desarrollado una pequeña batalla entre mi desánimo y mi yo realista, escapo de las sábanas que se sienten más cómodas y acogedoras que de costumbre. Mi caminata al baño es a un paso normalmente acostumbrado, pero el tiempo en la ducha es innecesariamente extenso.

Me miro en el espejo mientras cepillo mis dientes, pero termino perdiéndome en mis pensamientos y cuando logro salir de ellos, pasaron diez minutos en los que no sé qué hice, porque mis dientes aún no se sienten lo suficientemente limpios. Al final, volví a repetir la acción, esta vez obligándome a prestar atención.

Pongo un pie en la cocina y mi estómago da un vuelco, no creo que hoy vaya a recibir bien ninguna clase de alimento, así que sólo me preparo una taza de café. Me dirijo a la ventana que da a la calle y me siento junto a ella, observando el horizonte. Hubiese querido para hoy un clima nublado, pero en esta época es realmente difícil. Para cuando termino el café, aún existe la sensación de querer un poco más, signo que es momento de preparar la segunda taza.

Regreso a mi lugar tomando mi teléfono ignorando todas las notificaciones y centrándome en buscar alguna lectura ligera para pasar este día libre y que con fortuna sea más corto para deshacerme de él. Pero ahora mismo no sé por qué detesto este día, si es por el clima, por esta falta de interés, esta tristeza que me absorbe o simplemente por mí.

Para cuando llega el medio día, quiero llorar. Es imposible seguir así, lo sé. Soy consciente de ello. Sin embargo, me siento con las manos atadas, no sé qué hacer, no sé qué pensar, qué decir, a quién llamar. Entre más pasan los minutos, mi corazón se rompe un poco más ¿Es posible que uno mismo sea quién se rompa el corazón de la manera más despiadada? De acuerdo a mi historia, yo diría que sí, porque hasta el momento, la única desolación y nostalgia provienen de mi propio ser, quién se encarga de alimentar la fuente que drena mi energía cada cierto tiempo.

Cierro los ojos. Inhalo profundamente, hasta que me duele el pecho. Lo retengo por unos segundos y luego exhalo, dejando escapar toda la melancolía que hay en mí. No pude aguantar más, toda esa nube gris de mi cabeza se descarga en forma de llanto. Dejo escapar un sollozo y aunque soy consciente que nadie está aquí para verme, me cubro el rostro por vergüenza ¿Cómo es posible que un adulto pueda sentirse tan perdido para terminar llorando junto a la ventana en su día libre? La vibración de mi teléfono me saca de mis pensamientos, una llamada que no me arrepiento de ignorar. Realmente, en este instante, no estoy para hacer vida social. Siento incomodidad con cualquier ser viviente. Hoy tengo una tarea en la cual enfocarme: tratar de no apagarme. Simplemente respirar. Vivir.

Al rededor de las 04:00 p.m, después de la desolación que vino con el medio día, me preparo algo de comer, sin olvidar acompañarlo con la quinta taza de café del día. Aunque mi estómago gruñe, mi garganta se contrae haciendo difícil la tarea de comer. No quiero vomitar, porque me esforcé para hacer esta comida deliciosa. Tras una hora de batallar, logré finalizar la tarea. Me recuesto en el mueble para dedicarme a buscar patrones en el techo de la casa ¿Qué interesante se puede encontrar en algo completamente blanco? No lo sé, creo que hoy lo averiguaré. Me refugio en mi mente, en escenarios ficticios, en conversaciones conmigo misma, en tantas cosas que no son reales que pierdo la noción del tiempo. Ya empieza a bajar el sol, deben ser alrededor de las seis de la tarde, pero no me molesto en confirmarlo, sólo quiero permanecer aquí, en la oscuridad, lidiando con la maraña de sentimientos negativos que hay en mi cabeza.

Debo confesar que en ocasiones le temo a estas sensaciones. Aunque mi llama sea pequeña, no quiero que se extinga, no quiero un desenlace fatal para mí, no quiero llegar a pensar algo fatídico. Me rehúso. Por eso lucho cada día con este peso que cargo en mi pecho, uno que, aunque no logro entender, he aceptado y con el que poco a poco voy lidiando. No puedo perder la paciencia, porque las cosas me cuestan un poco más que a los demás. Me cuestan tiempo y me cuestan espacio.

No debo desesperarme por alcanzar el bienestar, no puedo odiarme o despreciarme por no tenerlo. Al contrario, debo cuidarme, tratar de comprenderme, tenerme paciencia, confiar en mí, debo amarme, porque si no quiero un futuro gris, debo trabajar en mejorar. Así que, aunque me resulte incómoda la tristeza que me acompaña, no puedo hacer más que aceptarla, comprender que hace parte de mí, lidiar con ella de la forma adecuada, tener paciencia y confiar en mí, y hacer todo lo que esté en mis manos para alimentar mi luz, sin permitir que se apague.

MaOz Lim

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