06:00 a.m. Hoy es uno de esos días en los que no quiero
despertar. Me acurruco nuevamente en la cama y aunque deseo volver a dormir, mi
mente no hace silencio y simplemente me quedo allí, con mi ánimo a niveles
realmente bajos. No quiero salir de mi habitación y mucho menos enfrentar el
mundo. Me rehúso. Hoy vuelvo a tener un día difícil, la tristeza que me acoge
no es abrumadora, sin embargo, no la puedo ignorar. Continuar con mi rutina va
a costar un poco más que otros días.
Alrededor de una hora, después que en mi cabeza se haya
desarrollado una pequeña batalla entre mi desánimo y mi yo realista, escapo de
las sábanas que se sienten más cómodas y acogedoras que de costumbre. Mi
caminata al baño es a un paso normalmente acostumbrado, pero el tiempo en la
ducha es innecesariamente extenso.
Me miro en el espejo mientras cepillo mis dientes, pero
termino perdiéndome en mis pensamientos y cuando logro salir de ellos, pasaron
diez minutos en los que no sé qué hice, porque mis dientes aún no se sienten lo
suficientemente limpios. Al final, volví a repetir la acción, esta vez obligándome
a prestar atención.
Pongo un pie en la cocina y mi estómago da un vuelco, no
creo que hoy vaya a recibir bien ninguna clase de alimento, así que sólo me
preparo una taza de café. Me dirijo a la ventana que da a la calle y me siento
junto a ella, observando el horizonte. Hubiese querido para hoy un clima
nublado, pero en esta época es realmente difícil. Para cuando termino el café,
aún existe la sensación de querer un poco más, signo que es momento de preparar
la segunda taza.
Regreso a mi lugar tomando mi teléfono ignorando todas
las notificaciones y centrándome en buscar alguna lectura ligera para pasar
este día libre y que con fortuna sea más corto para deshacerme de él. Pero
ahora mismo no sé por qué detesto este día, si es por el clima, por esta falta
de interés, esta tristeza que me absorbe o simplemente por mí.
Para cuando llega el medio día, quiero llorar. Es imposible
seguir así, lo sé. Soy consciente de ello. Sin embargo, me siento con las manos
atadas, no sé qué hacer, no sé qué pensar, qué decir, a quién llamar. Entre más
pasan los minutos, mi corazón se rompe un poco más ¿Es posible que uno mismo
sea quién se rompa el corazón de la manera más despiadada? De acuerdo a mi
historia, yo diría que sí, porque hasta el momento, la única desolación y
nostalgia provienen de mi propio ser, quién se encarga de alimentar la fuente
que drena mi energía cada cierto tiempo.
Cierro los ojos. Inhalo profundamente, hasta que me duele el
pecho. Lo retengo por unos segundos y luego exhalo, dejando escapar toda la
melancolía que hay en mí. No pude aguantar más, toda esa nube gris de mi cabeza
se descarga en forma de llanto. Dejo escapar un sollozo y aunque soy consciente
que nadie está aquí para verme, me cubro el rostro por vergüenza ¿Cómo es
posible que un adulto pueda sentirse tan perdido para terminar llorando junto a
la ventana en su día libre? La vibración de mi teléfono me saca de mis
pensamientos, una llamada que no me arrepiento de ignorar. Realmente, en este
instante, no estoy para hacer vida social. Siento incomodidad con cualquier ser
viviente. Hoy tengo una tarea en la cual enfocarme: tratar de no apagarme.
Simplemente respirar. Vivir.
Al rededor de las 04:00 p.m, después de la desolación que
vino con el medio día, me preparo algo de comer, sin olvidar acompañarlo con la
quinta taza de café del día. Aunque mi estómago gruñe, mi garganta se contrae
haciendo difícil la tarea de comer. No quiero vomitar, porque me esforcé para
hacer esta comida deliciosa. Tras una hora de batallar, logré finalizar la
tarea. Me recuesto en el mueble para dedicarme a buscar patrones en el techo de
la casa ¿Qué interesante se puede encontrar en algo completamente blanco? No lo
sé, creo que hoy lo averiguaré. Me refugio en mi mente, en escenarios
ficticios, en conversaciones conmigo misma, en tantas cosas que no son reales
que pierdo la noción del tiempo. Ya empieza a bajar el sol, deben ser alrededor
de las seis de la tarde, pero no me molesto en confirmarlo, sólo quiero
permanecer aquí, en la oscuridad, lidiando con la maraña de sentimientos
negativos que hay en mi cabeza.
Debo confesar que en ocasiones le temo a estas sensaciones. Aunque mi llama sea pequeña, no quiero que se extinga, no quiero un desenlace fatal para mí, no quiero llegar a pensar algo fatídico. Me rehúso. Por eso lucho cada día con este peso que cargo en mi pecho, uno que, aunque no logro entender, he aceptado y con el que poco a poco voy lidiando. No puedo perder la paciencia, porque las cosas me cuestan un poco más que a los demás. Me cuestan tiempo y me cuestan espacio.
No debo desesperarme por alcanzar el bienestar, no
puedo odiarme o despreciarme por no tenerlo. Al contrario, debo cuidarme,
tratar de comprenderme, tenerme paciencia, confiar en mí, debo amarme, porque
si no quiero un futuro gris, debo trabajar en mejorar. Así que, aunque me
resulte incómoda la tristeza que me acompaña, no puedo hacer más que aceptarla,
comprender que hace parte de mí, lidiar con ella de la forma adecuada, tener
paciencia y confiar en mí, y hacer todo lo que esté en mis manos para alimentar
mi luz, sin permitir que se apague.
MaOz Lim

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